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Filantropía ambiental: Dónde se concentra, quiénes la impulsan y por qué Chile busca dar un nuevo salto.

Lunes 24 de Agosto 2026.

Donaciones, inversión de impacto y nuevos modelos de negocios buscan que proteger ecosistemas.

Más de US$78 millones reunidos en 21 países, 133 mil hectáreas de naturaleza protegidas y un corredor biológico binacional de aproximadamente 1,6 millones de hectáreas. Las cifras detrás de Conserva Puchegüín grafican la dimensión que puede alcanzar una nueva forma de involucramiento privado en la protección de la naturaleza: la filantropía ambiental. La campaña, impulsada por la ONG Puelo Patagonia, permitió asegurar la compra del Fundo Puchegüín, la mayor propiedad privada de Cochamó, en la Región de Los Lagos. El predio, de 58 mil hectáreas de bosques primarios, representa cerca de un tercio de la superficie comunal y alberga ecosistemas y especies amenazadas, entre ellas alerces, huemules, pudúes, monitos del monte y ranitas de Darwin.

Pero detrás de la operación hay una discusión que va mucho más allá de la adquisición de un terreno. ¿Está Chile entrando en una nueva etapa de filantropía ambiental? ¿Quiénes están dispuestos a financiarla? ¿Qué ocurre después de comprar un predio? Y, sobre todo, ¿puede la conservación dejar de depender exclusivamente de las donaciones para convertirse en una actividad sostenible? ¿En qué está la filantropía ambiental en Chile? Para José Claro, presidente de Puelo Patagonia, el fenómeno todavía se encuentra en una etapa inicial, aunque con señales de expansión. “Creo que es algo que está partiendo a una escala mayor”, señaló a Emol, destacando que durante los últimos años la conservación se ha incorporado de manera más visible entre las prioridades de la ciudadanía. A su juicio, uno de los principales obstáculos es conectar los proyectos que necesitan recursos con personas dispuestas a financiarlos. “Muchas veces lo que falta es conectar las necesidades que pueden tener ciertos proyectos ambientales con quienes tienen las ganas de aportar”, planteó.

Claro también apuntó a un papel más activo del sector privado. “Falta mucho por desarrollarse, tiene un potencial enorme y es algo que las empresas debiesen incorporar en su matriz corporativa”, afirmó. La razón, explicó, es que la actividad económica depende directamente de los ecosistemas: “Sin agua no hay Coca-Cola, ni bencina, ni industria forestal o comida”. Desde la perspectiva de Arístides Benavente, donante de Puelo Patagonia, Chile ya acumula una experiencia importante. “Creo que la filantropía ambiental en Chile ha avanzado muchísimo en los últimos años”, sostuvo a Emol, destacando el aporte de personas, familias y fundaciones que han permitido proteger territorios que de otro modo podrían haberse perdido. Sin embargo, advirtió que el modelo enfrenta una segunda etapa. “Comprar un predio es sólo el comienzo; después viene el desafío mucho mayor: financiar permanentemente su restauración, su monitoreo y su administración”. Anne Deane, presidenta de Freyja Foundation, coincidió en que existe un cambio cultural en marcha. “En estos ocho años de trabajo de Freyja en Chile, hemos visto que, en ciertos grupos de la población, está aumentando el interés y el sentido de responsabilidad por proteger las áreas naturales del país”, comentó a Emol. ¿Ha aumentado el interés del mundo empresarial? La conservación comienza a ingresar también en las conversaciones de grupos empresariales y familias con capacidad de inversión. Claro observa un cambio generacional, con profesionales provenientes del mundo corporativo que buscan involucrarse en proyectos ambientales. “Se ve un cambio en las nuevas generaciones donde profesionales del mundo corporativos buscan un espacio en el trabajo ambiental”, afirmó. A su juicio, ese proceso permite reducir brechas de conocimiento y generar confianza entre el mundo privado y las organizaciones dedicadas a la conservación. Benavente también percibe una evolución en el empresariado. “Sí, claramente. Veo mucho más interés que hace diez años”, aseguró. Parte de ese cambio, dijo, responde a una nueva mirada sobre el legado empresarial y al reconocimiento de que la naturaleza tiene también un valor económico.

“Cada vez más personas entienden que la naturaleza no sólo tiene un valor paisajístico, sino también un enorme valor económico que todavía no hemos desarrollado”, planteó. Deane observa una transformación similar entre familias de alto patrimonio en Estados Unidos y Europa, donde comienza a crecer la inversión en empresas con impacto ambiental. En su propio caso, explica que la creación de Freyja significó redirigir parte de la filantropía familiar hacia la crisis ambiental y climática. “A su vez, Freyja tiene un portfolio de inversiones que nos ayuda a financiar las iniciativas de filantropía”, señaló. Su estrategia combina aportes directos a empresas de impacto con criterios ambientales aplicados al resto de sus inversiones. ¿Dónde se concentra el interés y cuáles son las zonas más difíciles? La Patagonia aparece como uno de los principales focos de la conservación privada, particularmente por la magnitud de sus ecosistemas todavía relativamente intactos. “La Patagonia sigue siendo el principal foco, porque es uno de los grandes patrimonios naturales que todavía conserva Chile”, sostiene Benavente, quien identifica oportunidades especialmente en Aysén y Magallanes.

Pero el mapa de las urgencias es bastante más amplio. El propio Benavente advierte que humedales, bosques esclerófilos de la zona central y numerosas cuencas están sometidos a una fuerte presión. Las mayores dificultades aparecen allí donde la conservación compite directamente con usos económicos de alto retorno. “Las zonas más difíciles suelen ser aquellas donde el suelo tiene un alto valor inmobiliario o productivo”, explicó. Claro, en tanto, planteó que no existe una única zona prioritaria. “¡Todas!”, responde al ser consultado por los territorios que requieren mayor urgencia, argumentando que la conservación necesita representar distintos climas, geografías y latitudes. En esa línea, también llama a diversificar las estrategias. “No sirve solo proteger una zona, hay que pensar en la diversificación”, afirmó, comparando la conservación con una cartera de inversión: “La forma de conservarla es diversificarla”. Deane agregó una dimensión territorial y social. La filantropía suele movilizarse allí donde existe un vínculo emocional con la naturaleza. “La filantropía suele darse con lo que uno conecta emocionalmente”, acotó. ¿Qué ocurre después de comprar un terreno? Uno de los principales mitos asociados a la conservación privada es que adquirir un predio equivale simplemente a cerrarlo y dejarlo sin intervención. Los entrevistados plantean exactamente lo contrario. “Ese es justamente uno de los grandes mitos. Mucha gente cree que conservar consiste en comprar un campo, cerrar la tranquera y dejar que la naturaleza haga el resto”, dijo Benavente.

La realidad, explicó, implica una gestión permanente que puede incluir restauración, monitoreo científico, prevención de incendios, control de especies invasoras, recuperación de humedales, reforestación, investigación y trabajo con las comunidades. “La conservación moderna es una gestión activa y profesional; no consiste en dejar que la naturaleza se las arregle sola, sino en ayudarla a recuperar su equilibrio”, resumió. Claro comparte esa mirada y advierte que conservar no necesariamente significa impedir toda actividad humana. “Creo que conservar no es sinónimo de cerrar, sino más bien de coexistir junto al desarrollo en beneficio de sus objetos de conservación y sus habitantes aledaños”, aseveró. El modelo proyectado para Puchegüín contempla precisamente esa combinación. De acuerdo con Deane, la Fundación Conserva Puchegüín es actualmente propietaria y administradora del terreno, con distintas capas de protección, entre ellas la figura legal de la fundación, un Derecho Real de Conservación y el proceso de incorporación al Sistema Nacional de Áreas Protegidas. Además, se trabaja en un plan de conservación a siete años que considera destinar hasta un 20% del fundo a actividades compatibles con la conservación, como turismo de naturaleza y pequeña agricultura y ganadería, mientras el 80% restante tendría una protección más estricta. ¿Qué países llevan la delantera? Los referentes internacionales aparecen principalmente en países donde existen mecanismos tributarios y legales que han permitido canalizar recursos privados hacia la conservación. Claro apunta precisamente a los incentivos. “Lo que sí, donde hay incentivos tributarios, hay más filantropía”, sostiene, planteando que las políticas públicas pueden tener un rol decisivo para ampliar este tipo de aportes. Estados Unidos aparece como uno de los principales ejemplos. Benavente destaca que el país desarrolló tempranamente mecanismos privados para proteger grandes extensiones y que actualmente existen experiencias interesantes también en Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Costa Rica y Europa. Deane, quien creció en Estados Unidos, destaca que allí los parques nacionales forman parte de la identidad nacional. “La filantropía para la conservación tiene una larga historia allí”, explicó A eso suma el avance del movimiento de rewilding en Reino Unido, enfocado en la restauración activa de ecosistemas. “El trabajo de rewilding se basa en la idea de que la naturaleza puede recuperarse si se le da la oportunidad”, comentó. ¿Puede la conservación transformarse en una actividad económicamente sostenible? Aquí aparece quizás el principal desafío para la naciente filantropía ambiental chilena. Comprar territorios requiere capital, pero mantenerlos protegidos durante décadas demanda recursos permanentes.

“El desafío en la conservación y por ende en una filantropía sostenible, es el financiamiento de cada área”, advirtió Claro. Por eso, expuso que los proyectos deben comenzar con un modelo de gestión y financiamiento que permita asegurar su continuidad. Benavente va un paso más allá y propone cambiar la relación entre conservación y economía. “Tenemos que pasar de una conservación financiada por la buena voluntad a una conservación capaz de generar los recursos necesarios para sostenerse en el tiempo”, acotó. Su apuesta apunta a desarrollar una verdadera “industria de la naturaleza”, en la que los territorios protegidos puedan generar y valorizar servicios ecosistémicos como captura de carbono, biodiversidad, regulación e infiltración del agua y turismo de naturaleza. En esa línea, mencionó el desarrollo de una Natural Asset Company (NAC), modelo en el que el territorio conservado constituye el activo y su valor está asociado a los servicios ecosistémicos que genera. “Creo que ese modelo puede marcar un cambio profundo. Permitirá atraer inversión privada a la conservación, haciendo compatibles la rentabilidad económica con la restauración y protección de la naturaleza”, afirma. Deane, por su parte, advierte que no todas las estrategias requieren comprar tierras. También existe la posibilidad de fortalecer áreas protegidas que cuentan con reconocimiento legal, pero carecen de recursos suficientes para una gestión efectiva, o adquirir territorios degradados para restaurarlos y posteriormente protegerlos. El rol pendiente del Estado Aunque la filantropía ambiental pone el foco en la capacidad de la sociedad civil y del sector privado, los entrevistados coinciden en que el Estado tiene un espacio relevante para ampliar el fenómeno. Claro plantea medidas como elevar los topes de donación, generar incentivos tributarios y establecer políticas públicas que faciliten la participación privada. “También se necesita del Estado para incentivar la filantropía”, afirmó. La discusión, por tanto, comienza a desplazarse desde la pregunta sobre quién compra los terrenos hacia una cuestión más amplia: cómo construir mecanismos para que conservar naturaleza tenga continuidad financiera y produzca beneficios económicos y sociales. El caso Puchegüín funciona como una demostración a gran escala de lo que puede movilizar la filantropía ambiental. Pero sus propios impulsores advierten que el verdadero éxito no estará únicamente en haber reunido los recursos para comprar 58 mil hectáreas, sino en conseguir que ese territorio permanezca protegido, genere beneficios para sus comunidades y se convierta en un modelo replicable. Benavente lo resumió en una definición que apunta al desafío de fondo: “El verdadero desafío es construir un modelo que haga rentable mantener esos ecosistemas en buen estado”.

Fuente: Emol.com

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